Hace unos días, un líder de una organización me decía, con una humildad poco común en estos niveles de dirección, que su negocio iba bien, que estaba ganando pero que le costaba articular exactamente por qué. En estrategia, entender por qué se gana es crucial, en este caso para seguir desarrollando capacidades distintivas y hacer más de lo que funciona. Conociendo su estrategia y un poco el modelo mental de esta persona, me atreví a compartir algunas hipótesis sobre cómo su aproximación más sistémica a la estrategia podría explicar, al menos en parte, sus buenos resultados. Este artículo explora qué significa aproximarse a la estrategia de formas más sistémicas y por qué vale la pena hacerlo.
En las organizaciones ya hay un entendimiento más o menos común de que la estrategia es un verbo (lo que se hace); que el cambio acelerado es una constante del mundo y de los mercados, y que la estrategia debe adaptarse constantemente a los retos y oportunidades del entorno. Pero seguimos teniendo una mirada muy individualista de la estrategia: el mundo cambia y yo me adapto. En la naturaleza, sin embargo, la adaptación no es ni lineal ni individualista, es más bien un reacomodo de todo un sistema, que se relaciona y comunica de formas extraordinarias en busca de un nuevo (y efímero) equilibrio.
Lo relacional entonces necesita un lugar en el entendimiento estratégico. En mi práctica profesional he venido proponiendo una definición de trabajo de estrategia. A veces se recibe con entusiasmo y otras con ojos blanqueados que, si hablaran, dirían que se me fué la mano en poesía, lo cual para mi es todo un elogio.
Estrategia es la respuesta viva de una organización al entorno, que le permite generar valor de formas inteligentes, ganándose el amor y el respeto de sus grupos de interés y, en consecuencia, el derecho a desarrollarse y perdurar.
La respuesta viva habla de una capacidad de sentir el entorno y sus señales incluso antes de que los indicadores hablen. Esto es relacional en cuanto implica confiar en la intuición propia y ajena, y generar dinámicas de trabajo donde sea posible compartir abiertamente lo que se está viendo y sintiendo, incluyendo lo feo y doloroso. La respuesta viva rara vez proviene de una sola organización; es todo un ecosistema de negocios el que se adapta, con sus empleados, sus proveedores, sus aliados, sus clientes, etc. Gana quien sabe que Darwin tenía razón (competencia, eficiencia, selección natural) y que los biólogos, neurocientíficos y demás expertos que estudian los sistemas complejos también la tienen (cooperación, interdependencia, libertad, belleza).
Parece obvio que las organizaciones deben generar valor de formas inteligentes, pero a veces, el foco en el crecimiento y el enamoramiento de la propia solución distraen. Generar valor implica reconocer cómo evolucionan los dolores, necesidades y deseos de los clientes, del entorno más amplio y de aquellos con quienes hago equipo para entregar ese valor. La inteligencia radica en que estén a la altura de los desafíos de una época. Entregar propuestas de valor y portafolios es un asunto de naturaleza relacional. Gana quien diseña para y con su ecosistema de valor y quien cuida la calidad del proceso y la experiencia para las personas y el planeta.
En el mundo empresarial entendemos que ganar es hacer crecer las ventas, los márgenes, la participación en los mercados, la caja, etc. Sabemos también que para seguir ganando hay que cuidar las relaciones, de manera que no se comprometa el crecimiento futuro. Es decir, la energía y los incentivos están principalmente en el corto plazo, cuidando de reojo el largo plazo. Pero si el trabajo de un líder es asegurar el largo plazo, ¿no tiene más sentido ganarse el amor y el respeto de los grupos de interés? ¿Amor? Sí, afecto profundo y sincero por la organización, sus productos y lo que representa. ¿Respeto? Sí, admiración por las cualidades buenas o valiosas de lo que una organización hace y cómo lo hace, por su huella. El éxito es profundamente relacional; gana quien asegura condiciones para múltiples transacciones e interacciones en su ecosistema de valor.
El derecho a desarrollarse y perdurar es, en últimas, la consecuencia de hacer bien todo lo demás. Igual que en la naturaleza, el impulso vital proviene tanto desde adentro como desde el entorno; se trata, por ende, de un proceso profundamente relacional. Para ganar, ya no basta con definir dónde jugar, cómo ganar y con qué. Hace falta estar dispuesto a adaptarse de manera continua y tomar conciencia de la dimensión relacional de la estrategia: en los sistemas complejos, nadie juega ni gana solo.


